lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuento: Perdón y olvido



Dedicado a mis hijas, que son las personas que más amo en el mundo.


“Érase un niño que cada vez que se enfadaba, explotaba y lo pagaba con los demás. Les decía palabras hirientes y les gritaba. Aunque siempre se daba cuenta de su error, de que con su actitud solo conseguía lastimar a la gente. Es por eso que nada más darse cuenta de lo que había hecho se disculpaba con esas personas. Sin embargo, el niño quería cambiar y dejar de hacerles daño.

Un día el padre, viendo que su hijo no cambiaba, habló con él: ‘Hijo, si de verdad quieres dejar de tratar así a las personas puedes hacer una cosa’. El niño, interesado en ello, le preguntó a su padre qué podía hacer, pues él de verdad deseaba cambiar. ‘Sólo tienes que clavar un clavo en la madera de nuestra verja cada vez que te enfades, en lugar de gritar. Y poco a poco conseguirás dejar de comportarse así’ dijo el padre.

El niño, aunque extrañado, siguió el consejo de su padre a rajatabla, y cada vez que se enfadaba, salía corriendo al jardín a clavar el clavo.

Después de un tiempo, el niño consiguió dejar de gritar así a la gente, y muy satisfecho de sí mismo se lo dijo a su padre. ‘Muy bien hijo’ le felicitó el padre sinceramente, y continuó diciendo ‘ahora vamos a ver la verja del jardín’. Cuando padre e hijo llegarón alli, el niño se fijó en que la verja había terminado repleta de clavos. Después el padre le pidió que fuera sacando los clavos y el niño los retiró todos. Cuando terminó, vio que la verja había quedado llena de agujeros. Ahí fue cuando su padre le enseñó una valiosisima moraleja.

Escogiendo las palabras adecuadas, el padre le preguntó al niño: ‘¿Te has fijado en la madera hijo?, ¿qué ves?’. El niño, no muy seguro de lo que responder dijo ‘Que dónde habia clavos se ha quedado lleno de agujeros’. Entonces el padre le explicó lo que significaban esos agujeros, y fue entonces cuando el hijo entendió por qué su padre le prospuso ese método para aprender a controlarse: ‘Escuchame bien hijo, pues los clavos repesentaban tu ira, las palabras hirientes que decías a las demás personas. Y esos agujeros representan las heridas que tus palabras hacían. Tus palabras, al igual que los clavos en la madera, se clavaban como puñales en el corazón de la gente. Aunque luego te has dado cuenta de tu error y te has disculpado, es como si retirases el puñal del corazón de la gente, al igual que hace un momento has quitado todos los clavos de la pared. Sin embargo, igual que esta madera se ha quedado llena de agujeros, en esos corazones seguirá quedándo una herida que no curará o que dificimente lo hará. Una vez hayas entendido esto, comprenderás el poder que tienen las palabras y porque hay que controlarlas, pues el corazón de las personas perdona, pero no olvida.”